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sábado, 20 de febrero de 2010

We built this city on... (El arrecife III)

El río es el cenote, es la caverna y también es el mangle, que es el arrecife.

A gritos y sombrerazos se ha logrado que el gobierno federal entienda, que los gobiernos locales no se metan, que los desarrollos turísticos “ecológicos” respeten la mayor parte del mangle y tomen sólo una porción de frente a la playa.
El mangle, el pantano, debe quedar tal cual: intransitable, inundado, hasta hostil y peligroso para los turistas, con todo y cocodrilos, víboras y alimañas. Aquí nacen muchas de las especies que luego viven en el arrecife, se filtra el agua, se mitiga el efecto de los huracanes tierra adentro, que es gran cosa en una tierra sin elevaciones donde guarecerse, se produce ese aislamiento que es el favorito de los turistas europeos, ésos que descubrieron Playa del Carmen y pintaron su raya con respecto de Cancún.
Europeos bien vestidos, mujeres bellas, elegantes que prefieren el negro, algo que parece tan raro en el Caribe. El turismo que levantó Playa del Carmen de la nada, una ciudad que se construyó sola, sin grandes planes de Sectur, que comenzó como un refugio y quizá guarida de fortunas mal habidas mexicanas y europeas.

En Playa del Carmen siempre hubo narco, pero del tráfico, más que del consumo, del lavado más que de la guerra, la cosecha, más que la siembra.
Dinero llama dinero, Playa del Carmen crece a ritmos de Quintana Roo, Playacar es donde viven los ricos de aquí y de fuera, separados por plumas y casetas de vigilancia. Pero dentro, una caseta y una pluma hacen un segmento más: Las casa de la playa es donde están las fortunas de mayor abolengo o de perdido cantidad.
La economía ya es trepidante en la Quinta Avenida, en la calle 12, donde están los antros y la gente, que recuerdan más a Miami Beach que a la costa mexicana. Las tiendas ya son de marca, nacionales o internacionales, junto con algunas locales que la hicieron. Aún así, enormes hoteles vacíos recuerdan el viejo origen, “¿quién crees que lava el dinero?”

Playa del Carmen, está llegando a su cúspide, pero aún no adivina su decadencia. Está a un pelo de volverse intransitable, la contaminación no se ve, pero de cuando en cuando se huele. Ya no es el tranquilo refugio playero para algunos cuantos conocedores… y sigue llegando gente.

Los que huyen siempre empiezan a voltear al sur, hacia Tulum, el camino es largo hasta Chetumal. Todavía hay opciones de real tranquilidad y pequeñas comunidades aquí, es cuestión de tomar el dinerito y comprar aún más lejos de Cancún.

martes, 16 de febrero de 2010

Desde el arrecife


El arrecife habrá sido una gran molestia para los buques exploradores de los españoles y demás europeos que recorrieron las costas caribeñas de la península de Yucatán. ¡Hostias!

El mismo dio buen resguardo del oleaje abierto a las piraguas con las que alguna vez comerciaron entre sí las múltiples ciudades y asentamientos mayas en sus diversas épocas, apogeos y decadencias.

El arrecife da ese dramático color verde a las aguas de la zona, desde Holbox hasta Chetumal, mitiga el oleaje, dibuja un paisaje submarino que tiene difícil comparación, al que peregrinan buzos de todo el mundo.

La península misma fue en el pasado remoto, el arrecife. Geológicamente una isla, separada de la más antigua placa que compone el continente americano, Yucatán emergió de las aguas, dicen, tras el violento choque, aquí mismo, con el meteorito que acabó con los dinosaurios.

Quedó arriba una placa gigante de esqueletos de arrecife: La piedra calcárea que es suelo, pirámides, ídolos, amuletos, base de chozas, sello de tumbas y ofrendas. La isla nueva, plana, sin montañas ni ríos, y apenas una pequeña capa de tierra de la que se aferraron sus selvas y que, millones de años después poblarían sus respectivos humanos, que ya no encontraron puentes ni fronteras que los separaran de Yucatán y hacia ella fluyeron como epidemia inevitable.

Porque los grandes ríos, los tiene Yucatán por debajo. Es, dicen los geólogos, una gran esponja por donde entran el mar y las lluvias. El primero, cauto y pesado, se queda debajo, las segundas le vienen de encima y arriba se quedan, forman lagos, cenotes, ríos, a mayor o menor resguardo del cielo. Como toda el agua, sigue su llamado hacia el mar, pero prefiere irse escondida, entre cavernas y estalactitas, como una doncella que baila en las sombras.

No quieren ser Usumacinta ni Grijalva; son Sac Actun, Ox Bel Ha, Dos Ojos, a salvo de los mapas y monografías de la Primaria, de buena parte de los animales y la gente. Pero 155 kilómetros no son pocos, y su trabajo le ha costado seguirlos a una rarísima especie que rehúye al sol: el buzo de cuevas. Ahí nomás han quedado 400 muertos en el esfuerzo por mapear el mundo debajo de Yucatán, para qué, pues para saber, nada más.

Continuamos mañana...